La historia de una Rosa
Con permiso, buenas tardes. Quiero contarte la historia de una Rosa. Rosa Romero, mi tía, la hermana de mi madre.
Aquel día, sin saberlo, asumió la afirmación del sociólogo Saul Alinsky:
«Una vez que aceptas tu propia muerte, de repente, eres libre de vivir».
Fue el día en que se enfrentó a su verdugo. Dicen que era para dejarlo definitivamente. Nunca lo sabremos con certeza. Lo único indiscutible es que su sufrimiento terminó pero para nosotros comenzó un vacío imposible de llenar.
Nadie está preparado para algo así. Nadie. Mi tía Rosa tenía 66 años. Luchó hasta el final contra su marido, contra un lugar sin salida, un sótano al que fue precipitada, contra su fragilidad y su indefensión.
Recuerdo que en aquellos días, las noticias no traían grandes titulares. Rosa se convirtió en una noticia que nadie querría protagonizar. Su nombre resonó en todas partes. Veinticuatro horas después de su asesinato, Juanma Moreno, el flamante presidente de la Junta de Andalucía fue entrevistado por Ana Pastor en ‘El Objetivo’ de La Sexta. y allí se mencionó su historia. Impactaba escucharlo.
Recuerdos de infancia
Ese fin de semana quedó grabado en mi memoria. Fue el último de su vida.
Cuando era niño, solía ir a nadar en la piscina de la barriada donde vivía mi tía. Después de cada sesión, me esperaba con un bocadillo de chorizo de Cantimpalos. Algunas veces picaba, pero estaba delicioso. Siempre era puntual. El don de las madres, dicen.
El ritual se repetía, cambiando solo el menú: paté, queso, salchichón… siempre en baguette, un guiño a nuestra historia familiar. Mi madre y sus hermanas crecieron en Francia, donde emigraron huyendo del franquismo.
No sé cuál es mi primer recuerdo pero sí sé que siempre estuvo ahí, con su calidez y su cariño. Cuando crecí, los encuentros fueron más esporádicos, pero su esencia nunca cambió.
El día que verdaderamente todo cambió
El 28 de enero de 2019, el día que se fue, me encontraba en Sevilla capital, frente al Corte Inglés de Nervión. Era una tarde fría y soleada, sin nada fuera de lo común. Hablaba con un amigo por WhatsApp cuando mi teléfono sonó. Era mi padre:
—Andrés, tu tía Rosa… Pasó lo que nos temíamos.
Pregunté con el corazón encogido:
—¿Y mamá? ¿Está bien?
—Sí… —respondió con la voz entrecortada.
Dije lo único que pude decir:
—Voy para allá.
Colgué, y mi mundo se derrumbó. No sabía hacia dónde ir, qué hacer. No estaba en el sitio donde debía estar.
Cuando llegué a la casa del terror, todo era diferente a lo nostálgico. Las patrullas bloqueaban la calle con luces azules intermitentes, narrando la peor de las situaciones. El llanto de mis primas se mezclaba con cámaras de televisión, una multitud silenciosa de miradas curiosas, frías como las de los búhos nocturnos. En una tragedia así, los familiares nos convertimos en protagonistas sin quererlo. Y lo peor aún estaba por llegar: la tele y la prensa comenzaron a desgranar, con un morbo insoportable, todos los detalles macabros del crimen machista que acabó con su vida.
Nada vuelve a ser lo mismo después de algo así. Las cicatrices quedan para siempre. Las más profundas, las llevan mis primas, sus tres hijas. No voy a contar las consecuencias de aquel día. Solo diré que no fueron nada benevolentes para ninguna de ellas.
En cuánto a mí, uno siente rabia e impotencia. Ojalá esta historia tuviera otro final. Ojalá terminara con la emoción de aquel pasodoble de Antonio Martínez Ares.
Pero no.
Descansa en paz, Rosa.
De tu sobrino.
(Links en las palabras en negrita excepto en los títulos)
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